El mercado de Jimaní, custodiado por el Cesfront, que no puede actuar en la «tierra de nadie»

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FOTO: DIARIO LIBRE

Hoy no es día de mercado en Jimaní. Eso es los lunes y los jueves, sin embargo, el mercado binacional de Mal Paso está activo.

«Aquí no pueden entrar. No sabemos si allí está el jefe de alguna banda y cualquier problema que tengan en «tierra de nadie» es problema nuestro».

Esto dice a Diario Libre el inspector de Migración (que pidió reserva de su nombre), señalando la «tierra de nadie», esa zona que está después de la puerta fronteriza de República Dominicana y antes de pasar a Haití.

El reloj marca la 1:00 del mediodía y el mercado binacional de Mal Paso está repleto de gente. Una hilera de camiones descansa a las puertas de unos almacenes grandes que dan sombra a los vendedores, sentados en sus puestos. Allí hay muchos haitianos, también dominicanos. Algunos venden huevos, otros bacalaos. El mercado está en ebullición y se escuchan negociaciones por donde pasas.

Este mercado está más desarrollado que el de Pedernales, pues es el puesto fronterizo que está más cerca de la capital haitiana, Puerto Príncipe, y por allí pasan los camiones que suministran a la ciudad, además de a los pueblos de alrededor. Está custodiado por la naturaleza: a un lado las montañas y en el otro el estanque de Saumâtre. Esta masa de agua se caracteriza por una razón, porque la frontera pasa en medio, de tal forma que de la misma agua emergen dos países.

Salimos del coche y un haitiano de madre dominicana se ofrece para hacer de guía. Él es Michael. «Todos los días vengo aquí, cuando Haití estaba mejor bajaban muchas patanas». Esto le favorecía porque «había muchas maletas que cargar».

Justo al lado de la puerta fronteriza, aquella que da a la «tierra de nadie», hay un restaurante. Esto es una evidencia de que este mercado, comparado con el de Pedernales, está más desarrollado. Allí trabaja Álex desde hace cinco meses. Confiesa que «los lunes y los jueves salen más camiones y que viene bastante gente al restaurante».

La seguridad

El inspector de Migración tiene una tarea muy importante: coordinar las fuerzas para controlar la entrada de haitianos al país. Aquellas personas que entran al mercado desde el lado haitiano deben pasar primero un pequeño control.

«Aquí registramos quién entra y quién sale. Con esto sabemos si entra alguien que está fichado», dice mirando a su equipo que está detrás con los ordenadores. Con aparatos electrónicos, chequean las huellas dactilares de los que cruzan la frontera.

En cuanto a las mercancías que entran y salen del país, que son muchas, confiesa que «registramos todos los camiones por si hay armas».

Él no es el único que está vigilando la frontera. El Cesfront (Cuerpo Especializado en Seguridad Fronteriza Terrestre) también está muy presente. Justo en el portón por donde entran los vehículos, dos militares bien uniformados y con un rifle en la mano custodian la entrada. Ellos detienen aquellos camiones que son sospechosos y los registran. No sería la primera vez que a través de la frontera se cuelan armas, drogas o dinero. Es por esto que el Cesfront trabaja para impedirlo.

Además de la vigilancia humana, también hay ayuda de la tecnología. El mercado de Mal Paso, en especial la zona que da a la «tierra de nadie», abundan muchas cámaras de seguridad.

Hombres, mujeres y niños haitianos

En el mercado hay muchos haitianos que cada día cruzan la frontera para ganarse la vida. En la avenida principal es donde se concentran la mayor parte de los puestos de venta. Allí, una hilera de grandes almacenes custodian la mercancía, y en los aledaños se sitúan los vendedores.

Un niño haitiano de doce años se acerca y pide que le den unos pesos. Se llama Wisken. No habla muy bien español, pero algo entiende y dice: «Vengo desde hace un año». Es un niño trabajador. Él no va todos los días a la escuela, como los niños de su edad. Él tiene que ganar dinero para poder comer. «Yo vendo galleticas, menta, agua fría», expresa.

Un poco más adelante, con la ayuda de nuestro traductor, Michael, el haitiano de madre dominicana, hablamos con una mujer que regenta un puesto donde ofrece arenques. Ella se llama Patricia y va vestida con una camiseta de colores, un bolso rojo chillón y lleva una sonrisa en el rostro. «Llevo 15 años viniendo aquí», nos traduce Michael. Luego señala el pescado que ofrece y dice que «seis piezas de arenque cuestan doscientos pesos». Un buen precio.

Pese a la creciente ola de violencia en Haití, que ha provocado la salida de miles de ciudadanos de Puerto Príncipe, el mercado de Jimaní, Mal Paso, sigue funcionando bien. Es un sitio seguro de comercio.

Del mercado a la frontera

Abandonamos el mercado y cogemos la carretera arenosa que sigue esa verja fronteriza hecha de cemento y acero. A la derecha del carro queda el muro: contundente, con presencia.

Esta frontera, cuando esté acabada comprenderá 164 kilómetros, divididos en 15 tramos. Además, se instalará un sistema de unidades no tripuladas (drones) en la verja perimetral.

Recorremos un kilómetro aproximadamente hasta que llegamos a un puesto militar. Allí hay un sargento y un cabo, bajo la sombra de una estructura de vigilancia. Van bien uniformados, también llevan rifles. A su lado, un «boggie» descansa con el motor apagado.

Con información de | Diario libre

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